
Pensando en la maravilla de la inspiración, que puede ser tan gentil como caprichosa, recordé uno de los ensayos que escribí durante mi estadía en la Facultad de Letras.
¿Que tanto podemos cambiar en tres años? Lo suficiente, diría yo, para reconocer nuestros propios destellos de religiosa convicción entre inexactitudes cada vez más evidentes.
Mi amor por las letras me ha llevado más lejos de lo que jamás creí posible. Esto es una forma de decir que seguir la brújula interna, con todo y la desaprobación que hacerlo suele suscitar, continúa dando frutos para quienes le otorgan su confianza.
SIETE OBSERVACIONES SOBRE LA ESCRITURA
Claudia Gabriela Olvera Ruiz Gutiérrez
No puedo negar que en muchas áreas de la vida soy una ferviente partidaria de utilizar la intención para concretar los proyectos a cualquier plazo, y también al resolver grandes y pequeños conflictos; la intención (fuerza de voluntad) ha sido responsable de media parte de los milagros en el mundo, sea quien sea el responsable de la otra mitad. Pero, en éste caso, pienso dedicar un espacio a ciertos aspectos de la misma, que están ligados, de forma singular, al proceso creativo de las artes, y especialmente en el campo de la literatura. Comienzo con una
Primera observación: la libertad del escritor es intocable.
En efecto, la libertad de cualquier individuo debería serlo. Sin embargo, la palabra anterior debe tomarse en relación a su función como herramienta propia del artista. La libertad es, para el escritor, la Madre Sagrada, incorpórea, infundada, que caerá como un relámpago sobre él y poseerá su alma, transformándolo en el Medium, en el Padre Gestante, de quien, tras un día, seis semanas o diez años, nacerá el inmortal producto de ambos. La libertad es intocable porque el hombre, antes de tornarse Recipiente, está ciego ante ella, aunque esto no le impida atraerla; y porque es precisamente la Madre, silenciosa y titánica, quien lo toca a él, y no al contrario. Y finalmente, es intocable porque, sin ella, se hará patente la:
Segunda observación: existen dos tipos de escribientes; los escritores y escribanos.
No obstante los señalo como cosa aparte, mi intención al hacerlo va más allá de manifestar preferencias o degradaciones de índole más bien injustificada. Tanto el escribano, como el escritor, son fértiles a la semilla del genio. Ambos pueden y han sido, glorificados a través de la historia. La diferencia estriba en que, uno de ellos es eficiente, y no así el otro. Con el primero puede contarse, nunca con el segundo. De este modo, tenemos que en todo momento_ y con “momento” me refiero a cada una de las manifestaciones espontáneas de su naturaleza generadora_ el escritor actúa por iniciativa, porque necesita poner en movimiento el impulso creador; mientras que el escribano escribe en respuesta a la iniciativa ajena.
Dicha afirmación podría argumentarse con un ejemplo muy común: soy un aficionado a la poesía que ha tenido en la mira el mundo editorial desde hace varios años. Mi compendio es novedoso, interesante y tiene, según yo, todos los elementos necesarios para convertirse en un libro exitoso, pero ¡ay!; el mundo editorial está en verdad amurallado, y para un autor inexperto y carente de cualquier conexión, se perfila distante, hermético, imponente. Quizá me desanime un poco ante las constantes negativas de los publicadores, puede que incluso me deprima el hecho de que, una obra de arte como la que estoy seguro de haber parido (imagino que el dolor de parto no debe ser peor que las penalidades que mi amado compendio me ha hecho sufrir), corra el riesgo de pasar desapercibida por un asunto tan banal como la oferta y demanda cultural de estos días. Pero pronto me llega la oportunidad de colaborar con cierta revista de ciencia ficción, en cuyos números muchos jovencitos encuentran placer durante sus horas de ocio, y no logro resistirme al prospecto de pago, por más parco que éste sea. “Al menos estaré escribiendo”, pienso, y me embarco en una aventura de diez centavos, provista de héroes ataviados con monos plateados (un baturrillo de gracias masculinas), princesas marcianas de pecho abultado y palpitante, y naves equipadas con “devices” de híper-velocidad o alteraciones espacio-temporales. Cierto, mi prolífera colección de cuentos de aventuras es consecuencia de la constante presión del editor, que me telefonea cada semana para recordarme la fecha límite de entrega. Pero, esto no excluye el hecho de que haya elegido trabajar en la revista en lugar de como mesero en el restaurante más cercano. ¿No fue iniciativa, por fin, lo que me impulsó a aceptar un trabajo inferior a mis expectativas, teniendo posibilidad, e incluso habilidad para llevar a cabo muchos otros? Quizá no esté versificando, pero el simple hecho de continuar inventando, creando imágenes y contando historias, es un bálsamo para mi espíritu de artista, y quizá un aliciente para continuar luchando por hacer realidad mis ambiciones. Es posible que así sea, si bien incurriría en una enorme generalización al suponer que todos los escribanos lo son por las mismas razones. Por otro lado, me encuentro convencida de que:
Tercera observación: El escritor no puede lograr su misión creando por encargo.
¿Cuál es la misión del escritor? Y es aquí donde nos topamos con un problema, de interpretación, mayormente. La respuesta podría ser kilométrica, o tan concisa que no excediera la línea; he aquí la maravilla de las palabras. Tan limitadas y flexibles a la vez. Por mi parte, tendría que respirar profundamente y cerrar los ojos, porque la respuesta estaría en los planos abisales de mi ser. La misión es ser, ni más ni menos; ¿dónde están los rigurosos lineamientos, los incisos, el rompimiento del voto de confianza, la mala fe del pensamiento conceptual, en el alma del escritor? Es él quien mueve ejércitos, cimenta religiones, promueve errores; pero también enjuga lágrimas, susurra votos a través de los espíritus que acoge. El pensamiento se eleva, y se empapa de los rasgos del sentimiento, que es mucho más raudo y promueve muchas más experiencias. La misión del escritor es crear. Crear hermanos, tragedias, fábulas, crímenes, castigos, redenciones. Crear el tiempo en una nueva dimensión: pasado, presente y futuro que se transmita a las vidas suspendidas por los fantasmas de éstas mismas. Crear nuevas tierras vírgenes, y renacientes dioses. Y en éste ser, y en éste crear, Está lo Supremo, el núcleo de las cosas.
Aquí, me resulta inevitable no hablar en términos algo metafísicos: La creatividad del escritor, como ya he dicho, reside en su libertad. En otras palabras: “The creative person has to dissolve all shoulds and should nots. He needs freedom and space…” El crear libremente (¿acaso hay otro modo de crear?) es la máxima expresión del ser humano. Y no se limita únicamente al arte. La independencia del escritor es su bien más preciado, puesto que es en ella como su alma encuentra un conductor, con el cual podrá materializar, aún en conceptos abstractos, el hálito de su conocimiento prioritario. Y así sucede en el caso de cualquier individuo, que puede encontrar un medio de manifestación adecuado a su naturaleza. La creatividad es la Inteligencia. Y sólo en la Inteligencia mora la verdadera espontaneidad, que es precisamente lo que se pierde al producir por encargo.
Cuarta observación: La intención excesiva en creación literaria es un obstáculo.
A medida que se escribe una obra, ya sea al estilo de la generación de medio siglo, o a la manera de los románticos del siglo xix, es notable cómo el cauce de las ideas fluye sensiblemente, en los momentos menos esperados. A menudo, la creatividad engendra creatividad; al escuchar una canción que hable directamente al corazón, al sonido fortuito de un animal que ronde por los alrededores, o una impresión, tan fugaz como las lamparillas que se encienden en los campos descuidados de estío, durante una noche muy nítida. Podemos darnos cuenta de que, mientras más a gusto con nuestro interior y nuestro ambiente nos hallamos, más probable resulta que estallen las burbujas de inspiración, soltando mil fragmentos que uno debe asir al mismo tiempo. La creación literaria en su más dúctil faceta se presta especialmente a este tipo de revelaciones. Con todo, el fenómeno contrario es identificable incluso en el proceso de construcción de una obra yerta y académica: mientras más rumie sus argucias el calculador escribiente, más confuso se pondrá, y de buen grado arrojará sus fuentes por los aires así que el inconexo párrafo se desploma resquebrajado, sin siquiera tocar el tema. La excesiva preocupación por lo que habrá de decirse terminará enterrando el verbo; la inquietud por un límite de espacio, o un marco temático hará lo mismo.
El escritor no puede ni podrá medir el Verbo, así como nunca podrá atrapar el fuego: la infinidad de Aquel no podrá conocerla mientras la mente humana sea una interferencia. La voz que nos llega de la Madre es un susurro, sí, porque escucharlo en su totalidad nos ensordecería, o quizás sería inaudible a la carnal tosquedad de nuestros débiles sentidos. La información encapsulada en la creatividad del escritor, está desmenuzada, de suerte que quepa en este mundo.
Efectivamente, la voluntad inicial es necesaria, así como el impulso que permite la reproducción de las especies, para producir una manifestación artística; aun así, la intencionalidad, cual pupila forzada por el arquero para ostentar su puntería, causa donosos fallos. El apuntar, precisamente, a un objetivo (un público, un resultado) con obsesiva insistencia, nos convertirá en el anciano que, usando la lupa para todo, termina acelerando su ceguera. Y entonces la esencia, la musa y el genio quedarán olvidados.
Quinta observación: el condicionamiento del genio a las instituciones termina en un plagio de su mediocridad.
La universidad: uno de los inventos más benévolos de nuestra civilización. Gracias a ella, y a su apertura al grueso de la población, se ha podido difundir el conocimiento milenario al que llegaron filósofos y creadores tan grandes como Pitágoras, Homero o Herodoto. Es en estos centros de la razón donde los pensadores o futuros pioneros pueden explorar distintas materias de interés, que les serán vitales para reconocer y, si es necesario, desarrollar, las áreas a las cuales se abocan. Las universidades ofrecen dichos conocimientos en charola de plata, y es casi irrelevante el estrato social del universitario, su sexo y nacionalidad, siempre y cuando demuestre aptitudes y disposición para llevar a cabo sus estudios.
El detalle está en que, muchos aplicantes han confundido tal despliegue y promesa de erudición con una oferta de genio, lo único que jamás podrán conseguir dentro de las cuatro paredes de las instituciones. Considero adecuado que, antes de continuar, intente definir esta palabra, empresa peliaguda, lo mejor de lo que sea capaz. Podría formular una lista como la siguiente:
- Presente
- Ingenuidad
- Vacuidad
- Apertura
- Atemporal
Pero tal vez resulte demasiado esquemática. O bien, podría alargarme en adjetivaciones un tanto rebuscadas, como son: líquidos segundos febriles de vigilia constante y sorpresiva, completo e incompleto, Ouróboros, quietud y algarabía universales, que estallan al momento.
Me parece más práctico, empero, enfocarme en el rasgo sobresaliente del genio para lograr esbozarlo aunque sea pecando de reduccionista: su temporalidad. El genio surge en las profundidades de un instante, justo en el centro del ahora. A la concreción del genio se le suele llamar “ingenio”, o de forma más drástica, “genialidad”. Pero el genio, a mi modo de ver, no tiene que ver con el concepto de inteligencia lógica y analítica con que se le suele relacionar. Hasta hace poco, sólo los grandes físicos y matemáticos podían ser genios. Y los artistas, mientras tanto, quedaban relegados a segundo plano: dementes, vagabundos, libertinos y díscolos vistos siempre con un dejo de desaprobación. A todo esto puede refutársele, no obstante sabemos que un artista puede ser muchas cosas, entre ellas el intermediario del genio pero también esquizofrénico (lo que sea que fuere tal cosa).
De cualquier forma, el artista no puede evitar tener algo de díscolo; la desobediencia es pariente de la independencia, y ésta de la iniciativa que dará pie al proceso creativo. En mayor o menor grado, un producto de la creatividad tendrá la esencia particular de su creador por encima de su intencionalidad, y por ende, dicha cualidad hará a la obra “rebelde” e irrepetible.
Los productos exigidos por las instituciones apuntan al perfeccionamiento técnico del estudiante, más que a la práctica de su conocimiento intuitivo. Esto en sí es una gran obra, puesto que una instrucción integral significa múltiples ventajas y oportunidades para el que se aplica a ello. Pero, entonces, ¿qué sucede cuando el perfeccionamiento técnico amplía el conocimiento hasta desbordarse del vaso, y desparrama el conocimiento intuitivo? El genio se opaca y se evapora. La tragedia del genio no viene como causa directa e irremediable de este entrenamiento técnico. En realidad, depende del artista cultivar ambos, el mero intelecto y la creación, sin dejarse condicionar por el ejercicio constante de la adquisición y enunciación de datos duros. El condicionamiento del genio ante la sombra de un entrenamiento parcial, dará como resultado la mediocridad del que quiere cantar con buena voz, pero desafinado del oído. Escribir por encargo es igual en apariencia que escribir por autonomía propia; se inicia, se prosigue y se concluye. Pero, en definitiva, lo que genere esta escritura, y el alma de la misma, serán dos cosas muy dispares: en el genio también se encuentra el gusto, e incluso la
Sexta observación: el genio, en la ocasión de escribir, es también auto-creación.
Si se conecta un deportista a un escáner cerebral por medio de electrodos, y se le solicita imaginar con detalle su próxima carrera, es posible contemplar, en la pantalla del escáner, el milagro de auto-creación en movimiento. El cerebro mandará las señales físicas correspondientes a la actividad efectuada en una concentrada visualización, y activará los mismos músculos que el atleta pondría en uso de haber estado realmente en competencia.
Partiendo de este estudio, podríamos inferir que algo semejante ocurre durante el proceso creativo de un escritor: la herramienta fundamental del escribiente es la imaginación. Y desde que comenzamos a escribir, ponemos en marcha nuestra habilidad de cambiar de forma, y moldear el mundo e incluso las ideas de ese mundo, que es escenario de determinada historia. El diseño de los personajes, la evocación de sus acciones e incluso la voz narrativa son un constante y camaleónico trabajo de visualización, no muy distinto al realizado mientras soñamos. El artista, padre de su obra, vuelve así a ser engendrado por la misma, y puede ser mujer gimiente, hombre renegado, joven exitoso o anciano iluminado; esto e infinitamente más, pues el artista, el escribiente y sobre todo el escritor, se torna un ser polimórfico e indescriptible. “No puedes escribir de lo que no conoces”. Y sin embargo, al escribir conoces y conoces. La vida se prolonga en cuerpos opuestos, en almas verdaderas, y mientras uno es zurdo el otro es diestro, y ambos sienten las cosas a su modo. La ocasión es genuina, cada persona y cada diálogo también lo es. Y cada trayectoria, con su destino perpetuo, encauza al escritor a recorrerla fuera de sus páginas.
El autor es el libro, el libro es el autor; una Comunión incomparable enciende a ambos; luego surgen los clásicos, porque su luz es acariciadora, y se extiende como el fuego hasta que todo, a su guisa, queda desnudo, en su forma más pura de energía.
La auto-creación, si decidimos observar por medio de su lente, es la culminación del genio, la espontaneidad, la creación, la libertad, el ser, y el momento presente; y habiendo formulado tan arriesgada declaración, siguiendo el curso de los pensamientos más certeros y por eso, he de concluir con una última reflexión que desearía, englobara todo lo anterior:
Séptima observación: la esencia de la existencia está en la completa espontaneidad.